Cuando una madre o un padre pierde a un hijo/a, el dolor que aparece suele ser intenso, persistente y difícil de explicar con palabras. Llanto, cansancio extremo, desorientación, cambios en el sueño, en el apetito o en la manera de relacionarse con los demás son reacciones frecuentes. Ante este impacto, muchas personas se preguntan —o escuchan desde fuera— si lo que les ocurre es normal, si están “bien”, si necesitan ser corregidos o tratados.
Es importante afirmarlo con claridad y responsabilidad: el duelo no es una enfermedad. No lo es desde la psicología, ni desde la medicina, ni desde una comprensión humana y ética del sufrimiento. Aparece porque existió un vínculo profundo, porque hubo amor, historia compartida, proyecto y presencia.
El dolor no indica que algo funcione mal en quien lo siente. Indica que algo muy valioso se ha perdido.
El duelo como proceso humano, no como diagnóstico
Hablar del duelo como enfermedad puede generar un daño añadido. Cuando se patologiza el sufrimiento, se transmite el mensaje de que la persona está fallando en su manera de afrontar la pérdida, de que su dolor es excesivo o inadecuado. Sin embargo, el duelo no es un diagnóstico clínico, sino un proceso de adaptación a una realidad que rompe el orden natural de la vida.
Perder a un hijo no es una experiencia para la que se esté preparado. El cuerpo y la mente reaccionan intentando asimilar lo inasimilable. Por eso, el duelo no sigue una línea recta ni un calendario fijo. No avanza de forma progresiva ni desaparece con el paso del tiempo como si fuera una herida que se cierra por completo.
El duelo cambia, se transforma, se reconfigura, pero no se borra.
Acompañar no es curar, es sostener
En algunos momentos del proceso, el sufrimiento puede resultar desbordante. Hay padres y madres que necesitan apoyo psicológico, acompañamiento profesional o incluso tratamiento médico para síntomas concretos como la ansiedad, el insomnio o la depresión. Recibir ayuda no significa estar enfermo, del mismo modo que usar muletas no convierte a una persona en inválida.
Acompañar no es etiquetar. Acompañar no es acelerar. Acompañar es ofrecer un espacio donde el dolor pueda expresarse sin juicio, sin prisas y sin exigencias externas. Un espacio donde no haya que aparentar fortaleza ni esconder la tristeza para tranquilizar a los demás.
En nuestra sociedad, el dolor prolongado incomoda. Por eso, muchas veces se presiona a las personas en duelo para que “avancen”, “pasen página” o “vuelvan a ser las de antes”. Pero tras la pérdida de un hijo, no se vuelve a ser quien se era. Se aprende a vivir siendo otra persona, con una ausencia que ya forma parte de la propia identidad.
El vínculo que permanece
Los enfoques contemporáneos sobre el duelo reconocen que la relación con el hijo o la hija no termina con la muerte. Se transforma. Este concepto, conocido como vínculo continuo, describe cómo el amor no desaparece, sino que encuentra nuevas formas de expresarse: en el recuerdo, en los rituales personales, en la memoria compartida, en la manera de mirar la vida.
No se trata de olvidar para seguir adelante. Se trata de integrar la ausencia en la propia historia vital. Cuando el duelo se entiende como enfermedad, este vínculo suele ser invalidado. Se anima a “soltar”, a “cerrar”, a desprenderse del recuerdo como si fuera un obstáculo. En Renacer Madrid sabemos que honrar el vínculo es parte esencial del camino.
Renacer: un acompañamiento respetuoso del proceso
En Renacer acompañamos a padres y madres que han perdido un hijo desde una mirada profundamente humana. No hablamos de curar, ni de superar, ni de cerrar etapas. Hablamos de integrar, de resignificar, de encontrar sentido, incluso cuando las respuestas no existen.
Cada proceso es único. Cada ritmo es legítimo. Cada forma de sentir merece respeto. Aquí, el dolor no se corrige. Se acompaña. El amor no se cuestiona. Se honra. La experiencia no se patologiza. Se escucha.
Porque el duelo no es una enfermedad. Es una expresión profunda del amor. Y el amor, incluso cuando duele, merece cuidado, tiempo y verdad.
