Tras la muerte de nuestros hijos e hijas se resquebrajó nuestra identidad. La pregunta “¿quién soy yo ahora?” aparece de forma silenciosa o abrupta, a veces como un susurro, otras como un golpe que deja sin aire. No es una cuestión filosófica abstracta: es una vivencia cotidiana que atraviesa el cuerpo, las relaciones, el sentido de pertenencia y la imagen que cada persona tiene de sí misma.
Desde la psicología del duelo se sabe que la identidad parental es una de las más nucleares en la construcción del yo adulto. No es un rol externo que pueda quitarse como una prenda, sino una dimensión profunda de la historia personal, Cuando ese vínculo se rompe por la muerte, no desaparece la identidad de padre o madre, pero sí se ve forzada a transformarse en un contexto que no estaba previsto.
Muchos padres y madres nos sentimos “descolocados”, “fuera de lugar”, “como si ya no encajaramos en ninguna parte”. La sociedad, organizada en torno a ritmos de crianza, celebraciones, logros y etapas, deja de ser un espacio que refleje la experiencia interna. A nivel interno, el espejo también se fragmenta: la persona que uno era antes de la pérdida ya no coincide con la que es después, y la nueva aún no tiene contornos claros.
Esta ruptura identitaria no es patológica en sí misma. Es una reacción coherente ante una pérdida que altera los pilares del sentido. La teoría del apego, los modelos de reconstrucción de significado y las aproximaciones contemporáneas al duelo coinciden en que no se trata de “volver a ser quien se era”, sino de integrar la experiencia de la pérdida en una identidad que sigue en desarrollo. El yo no se borra, pero se reescribe.
En este proceso suelen aparecer varias vivencias comunes:
- Una sensación de extrañeza con uno mismo: “no me reconozco”, “ya no reacciono igual”, “todo me afecta de otra manera”.
- Cambios en los valores, prioridades y forma de estar en el mundo.
- Dificultad para ubicarse en roles sociales previos: trabajo, amistades, pareja, familia extensa.
- Culpa por experimentar momentos de bienestar, como si ello traicionara el vínculo con nuestro hijo o hija.
- Confusión entre la necesidad de seguir viviendo y el deseo de no alejarse emocionalmente de quien murió.
Reconstruir la identidad tras la pérdida no significa sustituir, ni olvidar, ni “pasar página”. Significa aprender a habitar una continuidad distinta: seguir siendo padre o madre de un hijo que ya no está físicamente, seguir siendo la misma persona, pero atravesada por una experiencia que ha modificado para siempre su manera de sentir, de comprender el tiempo y de relacionarse con la vida.
Esta reconstrucción no ocurre de forma lineal. Es un proceso oscilante, en el que se alternan momentos de conexión intensa con la ausencia y momentos de apertura a la vida presente. Ambos movimientos son necesarios. En uno se afirma el vínculo; en el otro, se afirma la propia existencia. La identidad se va tejiendo en ese vaivén.
Un aspecto especialmente delicado es el lugar social de la identidad parental tras la muerte de un hijo. Muchos de nosotros sentimos que nuestra condición de padres queda invalidada por el entorno: ya no hay fotografías recientes, ni historias nuevas que contar, ni reconocimiento explícito. Sin embargo, el vínculo no se extingue con la muerte, y la identidad tampoco. Ser padre o madre no depende de la presencia física, sino de la relación construida, del amor vivido, de la huella mutua.
Por eso es tan importante que existan espacios donde esta identidad pueda ser nombrada, legitimada y compartida. Donde no sea necesario explicar desde cero quién se es, ni justificar la permanencia del amor, ni esconder el dolor para no incomodar. En grupos de apoyo y en comunidades de ayuda mutua como Renacer Madrid, la pregunta “¿quién soy yo ahora?” puede formularse sin prisa y sin exigencia de respuesta inmediata.
La identidad después de la pérdida no se define con una sola frase. Se construye con gestos pequeños: volver a sentir, volver a vincularse, volver a habitar el cuerpo, volver a confiar, incluso cuando el miedo y la fragilidad siguen presentes. Se construye también manteniendo vivo el lazo con nuestros hijos o hijas desde un lugar interno, integrado, que no impide avanzar, pero tampoco exige olvidar.
Algunos padres y madres descubrimos que, con el tiempo, emerge una versión de nosotros más consciente, más sensible al sufrimiento ajeno, más atenta al valor de lo esencial. No como consecuencia buscada, ni como compensación, sino como transformación inevitable tras haber atravesado una experiencia límite. Esta nueva identidad no es “mejor” ni “peor” que la anterior; es distinta. Y necesita ser reconocida como tal.
Preguntarse quién soy ahora no es señal de debilidad, sino de honestidad con el propio proceso. Es la expresión de un yo que intenta reorganizarse después de una fractura profunda. No hay respuestas universales, ni tiempos estándar, ni caminos únicos. Hay trayectorias singulares que merecen respeto, acompañamiento y cuidado.
En Renacer Madrid sabemos que esta pregunta forma parte del camino. Que no se responde de una vez, ni se cierra del todo. Se aprende a convivir con ella, a dejar que vaya encontrando palabras, silencios y formas propias. Porque, aunque la vida ya no sea la misma, la identidad sigue en movimiento. Y en ese movimiento, cada padre y cada madre continúa siendo, de otra manera, con otra profundidad, con otra conciencia, pero siendo.
