Cuando el tiempo no cura: mitos sobre la muerte de un hijo

Existe una frase que se repite como un consuelo automático: “el tiempo todo lo cura”. Se pronuncia con buena intención, como quien ofrece una promesa de alivio. Pero para quienes han perdido a un hijo o hija, esa frase suele caer como una losa. Porque el paso de los días no borra la ausencia. Porque los calendarios avanzan, pero el amor no envejece. Y porque hay dolores que no se disuelven con el simple transcurrir de las horas.

El tiempo, en sí mismo, es neutro. No sana, no repara, no explica. Lo que transforma es lo que ocurre dentro del tiempo: la manera en que atravesamos la pérdida, el modo en que aprendemos a habitar una vida que ya no es la que esperábamos, la posibilidad de poner palabras donde antes solo había desgarro, de encontrar un sentido donde parecía no haberlo.

Uno de los grandes mitos en el camino de la pérdida de un hijo, es creer que se trata de una herida que se cierra, como una fractura que vuelve a soldarse. En la pérdida de un hijo no hay cierre posible en ese sentido. Hay integración, hay transformación, hay una nueva forma de relación con la ausencia, pero no hay borrado. El vínculo no desaparece; cambia de lugar, de forma, de lenguaje. El amor no se extingue, y precisamente por eso el dolor no se “cura” como se cura una enfermedad.

Otro mito muy extendido es el de la línea recta: pensar que el duelo avanza de forma ordenada, que cada etapa sustituye a la anterior y que, con suficiente tiempo, se alcanza un estado final de serenidad estable. La experiencia real suele ser muy distinta. El duelo es más parecido a un movimiento en espiral: hay avances y retrocesos, momentos de calma y oleadas inesperadas, aniversarios que reabren preguntas, escenas cotidianas que despiertan una emoción antigua con una intensidad nueva. No es un camino que se “supera”; es un territorio que se aprende a recorrer.

También está el mito de la adaptación entendida como olvido. A veces se confunde seguir viviendo con dejar atrás. Como si reconstruir la propia vida implicara traicionar la memoria del hijo. Como si sonreír de nuevo fuera una forma de abandono. En realidad, ocurre lo contrario: cuando el duelo se trabaja, cuando se le da espacio, cuando se comparte, el amor encuentra modos más amplios de expresarse. La vida no sustituye al hijo, pero puede volver a ensancharse para incluir su recuerdo de una manera viva, no solo dolorosa.

En este punto, el tiempo adquiere otro significado. No como bálsamo mágico, sino como escenario. Un espacio donde se despliega un proceso activo: mirar de frente la pérdida, permitir el llanto, sostener la rabia, atravesar la culpa, escuchar el silencio, aprender a nombrar lo innombrable. El tiempo ofrece oportunidades, pero no hace el trabajo por nosotros. Lo que sana —en la medida en que algo puede sanar cuando se ama así— es el encuentro, la palabra compartida, el acompañamiento respetuoso, la posibilidad de no quedar atrapados en la soledad del dolor.

En Renacer Madrid sabemos que el duelo no es un problema a resolver, sino una experiencia humana que necesita ser acogida. No hablamos de “pasar página”, sino de aprender a leer la vida con una página que siempre estará escrita con el nombre de nuestro hijo. El grupo, la escucha, la reflexión conjunta, permiten que el tiempo deje de ser un enemigo —ese que parece alejar cada vez más el momento en que pudimos tocar, abrazar, cuidar— y se convierta en un aliado para resignificar, para integrar, para encontrar un lugar interior donde el amor pueda descansar sin desaparecer.

Hay quienes, con los años, descubren que el dolor se vuelve menos punzante, más hondo y más sereno. Otros sienten que ciertas fechas siguen doliendo con la misma intensidad. Ambas experiencias son legítimas. No existe una única manera correcta de vivir la pérdida de nuestros hijos e hijas. Lo que sí parece común es que, cuando el proceso se acompaña, cuando no se reprime ni se acelera, cuando se permite que cada emoción tenga su tiempo, el sufrimiento deja de ser estéril. No porque se borre, sino porque empieza a dialogar con la vida.

Decir que el tiempo no cura no es una afirmación pesimista. Es, en realidad, una invitación a mirar con honestidad. A reconocer que la pérdida de un hijo no se “arregla”, pero puede transformarse en una fuente de profundidad, de compasión, de vínculo con otros que también han conocido ese amor y esa herida. El tiempo no cura, pero puede alojar procesos de sentido. Puede sostener encuentros que reparan. Puede abrir espacios donde el recuerdo no sea solo dolor, sino también presencia amorosa.

Quizá, entonces, la pregunta no sea cuánto tiempo ha pasado, sino cómo lo estamos habitando. Con quién lo compartimos. Qué palabras nos permitimos decir. Qué silencios respetamos. Qué gestos de cuidado aprendemos a darnos unos a otros. Porque en el duelo no se trata de que el tiempo haga su trabajo, sino de aprender, juntos, a hacer nuestro trabajo dentro del tiempo.