Hay días en los que el mundo suena demasiado. No es un ruido concreto: es la suma de voces, relojes, notificaciones, frases hechas, preguntas que no sabemos cómo responder. Es el tráfico, la televisión encendida sin sentido, la gente que habla de cosas pequeñas cuando por dentro todo es inmenso. El ruido de las risas de otros hijos, de otras hijas. En nuestra última reunión lo dijimos muchas veces: el ruido no siempre viene de fuera. A veces nace dentro, como un zumbido constante que no se apaga ni de noche.
Y al igual que todo en la vida, volvemos a las dualidades. Para que exista el ruido, tiene que haber silencio. Silencio, no como una idea abstracta, sino como algo que ocupa espacio. El silencio de la casa, el de ciertas habitaciones, el de los trayectos que ya no se hacen igual. El silencio del teléfono que no suena. El silencio que llega después de una risa que ya no está. Para algunos, ese silencio es insoportable; para otros, es el único lugar donde pueden respirar. La pérdida de nuestros hijos e hijas nos ha enseñado muchas cosas. Una de ellas es que el silencio no es una cosa sola: cambia según el día, la hora, el momento vital en el que cada uno se encuentra.
No todos vivimos el ruido y el silencio de la misma manera, y eso no nos separa, nos explica. Hay quien necesita ruido para no pensar, para no caer en un vacío que asusta. Hay quien necesita silencio porque el mundo le resulta demasiado agresivo.
Durante la reunión, al poner palabras, algo empezó a ordenarse. Nos dimos cuenta de que el ruido más doloroso no siempre es el externo, sino el de las expectativas ajenas: “tienes que”, “ya ha pasado tiempo”, “sé fuerte”. Ese ruido no se oye, pero pesa. Y el silencio más difícil no siempre es la ausencia de sonido, sino la falta de un lugar donde decir lo que realmente nos pasa sin tener que explicarnos. Un lugar donde nombrar y contar a nuestros hijos e hijas sin que nuestras palabras se conviertan en un eco vacío.
Los padres y madres de Renacer Madrid compartimos una verdad: tanto el ruido como el silencio se transforman con el tiempo. No desaparecen, pero cambian de forma. Algunos contamos cómo al principio necesitábamos llenar cada espacio con música o con gente, y ahora empezamos a tolerar pequeños silencios. Otros dijeron justo lo contrario: al inicio el silencio era un refugio, y hoy empieza a convivir con otros ruidos parecidos a los que escuchábamos antes.
Ahora nos toca integrar ese binomio de silencio y ruido. No como una meta, sino como un proceso vivo. Integrar no es olvidar ni cerrar nada. Es aprender a convivir con lo que pasó sin que lo ocupe todo. En ese camino, el ruido y el silencio dejan de ser enemigos y empiezan a convertirse en materiales con los que construir algo nuevo. No algo bonito todo el tiempo. Algo verdadero.
Juntos pintamos una imagen como resumen de nuestro círculo de escucha: el ruido como oleaje y el silencio como fondo marino. Ambos forman parte del mismo mar. No podemos elegir uno y borrar el otro. Podemos, con el tiempo, aprender a nadar. A veces en la superficie, a veces en profundidad. A veces agotados, a veces con un poco más de fuerza de la que creíamos tener.
Un mar que nos trae pequeñas botellas llenas de mensajes de esperanza. No una esperanza grandilocuente. No la que promete finales felices. Hablamos de una esperanza pequeña, casi tímida. La esperanza de que el ruido no siempre duela igual. De que el silencio no siempre sea vacío. De que podamos encontrar nuevas formas de nombrar, de recordar, de estar en el mundo sin traicionarnos.
No estamos intentando volver a ser quienes éramos. Eso genera mucho ruido interno. Estamos aprendiendo a ser quienes somos ahora. Y eso requiere espacios como Renacer, donde la palabra circula sin prisa y el silencio no se vive como fracaso.
La filosofía que nos sostiene no ha cambiado, aunque el mundo sí. Sigue siendo la del encuentro entre iguales, la de la experiencia compartida, la de la transformación que nace del vínculo y no de la teoría. Hoy, en 2026, esa filosofía convive con un mundo acelerado, hiperconectado y poco dado a escuchar. Por eso estos círculos son casi un acto de resistencia: parar, sentarnos, hablar desde lo vivido, escuchar sin intervenir.
Salimos de la reunión con menos ruido dentro, aunque fuera todo siguiera igual. Y con un silencio distinto: no tan afilado, no tan hostil. Un silencio acompañado. Quizá de eso se trate este camino: no de eliminar lo que duele, sino de darle un lugar donde no nos rompa por dentro. De aprender, juntos, a hacer algo nuevo con lo que nos ha pasado.
