“¡En bicicleta!” (À bicyclette!) es una de esas películas que no se pueden abordar desde los parámetros habituales del cine comercial. No está construida para impresionar, ni para manipular la emoción con golpes de efecto. Es una obra íntima, fronteriza entre la ficción y el documental, que se sostiene en la experiencia real de su director y protagonista, Mathias Mlekuz. Y precisamente ahí reside su fuerza: en la autenticidad.
La película parte de un hecho devastador: el suicidio del hijo de Mathias, Youri. Años después, el padre decide retomar el viaje en bicicleta que el joven había realizado, recorriendo una larga ruta desde el Atlántico hasta el Mar Negro. Lo acompaña su amigo Philippe, también actor, y juntos emprenden una travesía que es física, pero sobre todo emocional. No se trata de una aventura deportiva ni de un desafío épico. Es un desplazamiento interior que toma forma sobre el asfalto.
Lo primero que llama la atención es el tono. El film evita el dramatismo solemne. Hay conversación, cansancio, bromas, discusiones pequeñas, silencios. Hay humanidad. La cámara acompaña con discreción, como si respetara la fragilidad del proceso. Muchas escenas tienen una textura casi improvisada, lo que genera una sensación de proximidad poco habitual. El espectador no siente que observa una representación, sino que comparte una experiencia.
La relación entre Mathias y Philippe es el eje narrativo. La amistad se convierte en sostén y espejo. Philippe no cumple el rol de terapeuta ni de salvador; es un compañero que sostiene con humor, con paciencia y también con sus propias limitaciones. Esa complicidad masculina, lejos de los clichés de dureza emocional, muestra vulnerabilidad sin excesos. Se permiten hablar del hijo ausente, pero también de banalidades. Y eso es profundamente realista: el dolor no ocupa todos los minutos del día, aunque esté siempre presente.
Uno de los grandes aciertos de la película es su capacidad para integrar el paisaje en la narrativa. Los kilómetros recorridos no son solo distancia geográfica; representan el paso del tiempo, la resistencia física, el desgaste y también la persistencia. Subir una pendiente, atravesar una tormenta o reparar una bicicleta se convierten en metáforas discretas de lo que implica seguir viviendo cuando algo esencial se ha roto.
El viaje no culmina con una revelación transformadora ni con una catarsis explícita. Y eso puede frustrar a ciertos espectadores. Pero esa elección es coherente con la temática: no todo proceso humano termina con una conclusión nítida.
Otro aspecto relevante es el manejo del humor. Puede parecer arriesgado introducir ligereza en una historia marcada por el suicidio de un hijo. Sin embargo, la película lo hace sin trivializar. Las bromas, las situaciones absurdas del viaje, las pequeñas torpezas cotidianas funcionan como respiración emocional. El humor no niega el dolor; lo hace habitable. Y esa convivencia de registros aporta profundidad al relato.
Mathias Mlekuz no interpreta un personaje distante; se expone como padre atravesado por la ausencia. Esa decisión implica un riesgo evidente: el de caer en el exhibicionismo o en la autocomplacencia. La película, en general, evita esa trampa gracias a la contención y al enfoque en la relación, más que en el sufrimiento individual.
No estamos ante una historia que deba consumirse con prisa. El tempo pausado obliga a acompañar el proceso, no a observarlo desde fuera.
Lo más interesante es que “¡En bicicleta!” no plantea el viaje como una forma de superar nada. No hay mensaje motivacional simplista. No se sugiere que pedalear miles de kilómetros cierre heridas. Lo que sí muestra es que el movimiento, la amistad y el contacto con el mundo permiten sostener la memoria sin quedar paralizado por ella. La ausencia no desaparece; se integra en el trayecto.
En definitiva, estamos ante una película honesta, imperfecta y profundamente humana. No es cómoda ni espectacular. Exige disposición a entrar en un relato que se mueve entre lo íntimo y lo contemplativo. Pero para quien esté dispuesto a recorrer ese camino, ofrece algo poco frecuente en el cine contemporáneo: una mirada sincera sobre cómo seguir avanzando cuando el mapa vital ha cambiado de forma irreversible. Aquí no hay lecciones cerradas. Hay kilómetros, viento y dos hombres pedaleando con lo que llevan dentro. Y eso, en su sencillez, tiene una potencia notable.
