El mensaje de Renacer: sentido, vínculo y presencia

Hay experiencias humanas que dejan sin palabras. No porque no exista nada que decir, sino porque todo lo que se pueda decir parece quedar pequeño frente a la magnitud de lo vivido. La muerte de un hijo o una hija es una de esas experiencias que descentran la existencia, rompen los parámetros anteriores y obligan a que cada madre y cada padre se pregunte qué hacer con un corazón que ya nunca será el mismo.

El mensaje fundacional de Renacer nace precisamente ahí: en ese lugar en el que el lenguaje se hace insuficiente pero la presencia se vuelve imprescindible. Donde la palabra calla no significa silencio vacío; significa que el dolor deja de necesitar explicaciones y empieza a pedir sentido. La esencia de Renacer no está en negar la herida ni en intentar suavizarla. Está en entender que, aunque el golpe sea inimaginable, todavía existe un espacio interior donde es posible volver a mirar la vida con otra profundidad.

Renacer propone una invitación: transformar el sufrimiento en amor, y el amor en acciones que honren a nuestros hijos e hijas. No se trata de olvidar ni de “superar”. Se trata de comprender que el vínculo no termina con la muerte, que sigue vivo en la forma en que elegimos recordar, cuidar, transformar, acompañar y dar. En el libro se recuerda constantemente que el amor es más fuerte que la muerte, y que cada madre y cada padre puede encontrar una manera propia —íntima, auténtica— de continuar la relación desde un lugar nuevo.

La visión de Renacer dialoga de manera profunda con la logoterapia de Viktor Frankl. Esta corriente sostiene que incluso en las circunstancias más extremas el ser humano conserva la libertad interior de buscar un sentido que dé dirección a su existencia. Renacer comparte esa convicción: no niega el dolor ni su carácter injusto, pero confía en que dentro de cada madre y cada padre existe una capacidad de descubrir un para qué que no explica la pérdida, pero sí permite que la vida vuelva a tener orientación. Frankl afirmaba que el sufrimiento deja de ser únicamente sufrimiento cuando encuentra un sentido; Renacer acompaña ese tránsito sin imponerlo, respetando los tiempos y las formas, y reconociendo que el amor por los hijos e hijas puede convertirse en una fuente profunda de significado.

La esencia de Renacer es profundamente humanista: confía en la capacidad del ser humano para reconstruirse desde dentro, para redescubrir el sentido incluso en los escenarios más difíciles. Pero esta reconstrucción no es solitaria; se hace acompañada, sostenida por la comunidad de otros padres y madres que comparten una herida semejante. Es una comunidad que no juzga ni impone tiempos: abre un espacio para el encuentro, la escucha y la palabra verdadera.

Tres pilares sintetizan esta esencia: la mirada interior, la mirada hacia los hijos e hijas y la mirada hacia los demás. Un camino que no busca borrar el dolor, sino integrarlo; no busca cerrar el vínculo, sino transformarlo; no busca respuestas rápidas, sino una verdad vivida.

En Renacer no se establecen comparaciones entre pérdidas. No se compara la edad del hijo o de la hija, ni si la muerte ocurrió antes o después del nacimiento, ni la causa que la provocó. No porque esas realidades no importen, sino porque el amor no se mide en tiempo ni en circunstancias. El vínculo no se cuantifica en años vividos, ni en diagnósticos, ni en historias compartidas. Comparar sería jerarquizar el dolor, y en Renacer se reconoce que toda pérdida filial atraviesa el corazón con la misma hondura esencial, sea cual sea su forma.

Tampoco se comparan las circunstancias personales: si se tienen más hijos, si se vive en pareja o en soledad, si existe una red de apoyo amplia o frágil, si la situación vital es más o menos estable. No se comparan porque el sufrimiento no compite. Sin embargo, desde Renacer Madrid sí se reconoce que estas circunstancias influyen en la gestión emocional y en el proceso de integración de la pérdida. No determinan el valor del dolor, pero sí condicionan los recursos internos y externos con los que cada madre y cada padre cuenta para recorrer su camino.

En este proceso hay una verdad que se sostiene con claridad: el proceso de transformación es responsabilidad nuestra. Nadie puede hacerlo por nosotros. El grupo acompaña, sostiene y ofrece un espacio seguro, pero no sustituye la decisión personal de mirar la herida, de trabajarla, de atravesarla y de permitir que nos transforme. No es un camino pasivo, sino un acto profundo de responsabilidad interior.

Y desde ahí cobra sentido lo que en Renacer llamamos estar al servicio del grupo. Estar al servicio no es dirigir ni enseñar; es sostener el espacio con respeto, cuidar la palabra y el silencio, escuchar sin juzgar, permitir que cada proceso tenga su tiempo y su forma. Es ofrecer la propia experiencia no como modelo, sino como presencia. Es comprender que el grupo no es un lugar de soluciones, sino un lugar de acompañamiento, donde cada uno aporta su humanidad para que el otro pueda sentirse comprendido y no solo.