Renacer y su camino

Hay algo que nunca deberíamos olvidar: este grupo no nació de la comodidad. No nació porque sí. No nació para pasar el rato.

Nació de un golpe de la vida.

Cada uno llegó aquí con su mochila, con su herida, con noches sin dormir, con preguntas imposibles y con esa sensación de “solo quien ha pasado por esto puede entenderme de verdad”.

Y eso une muchísimo.

A veces más que la sangre.

Pero claro… la vida sigue. Y menos mal que sigue.

Porque si viviéramos eternamente metidos en el dolor, nos apagaríamos por dentro. Nadie puede sostener una tormenta todos los días del año. Hasta el cuerpo necesita descansar después de llorar.

Por eso el grupo cambia.

Empiezan las risas.
Las comidas.
Las bromas internas.
Los abrazos.
Las conversaciones ligeras.
Los “¿cómo estás?” de verdad.
Y algunos podrían pensar:
“Nos estamos olvidando de por qué estamos aquí”.

Pero quizá no sea olvido.
Quizá sea sanación.

Porque una cosa muy importante: sanar no significa traicionar.

Seguir viviendo no significa olvidar.

Y aquí viene algo precioso y difícil al mismo tiempo: siguen llegando personas nuevas. Personas rotas por el mismo acontecimiento luctuoso que nos unió a nosotros.

Y cuando llegan… llegan con el alma en carne viva.

Nos miran buscando aire.
Buscando refugio.
Buscando alguien que les diga:
“Tranquilo. Respira. No estás loco. Nosotros también pasamos por ahí”.

Pero claro… a veces se produce un pequeño choque.

Los nuevos piensan:
“¿Cómo pueden reírse? ¿Cómo pueden hablar de paz o de crecimiento personal si yo apenas puedo levantarme por la mañana?”

Y los antiguos, sin querer, a veces piensan:
“Uf… otra vez volver al dolor, otra vez abrir heridas”.

Y ahí tenemos que tener mucho cuidado.
Muchísimo cuidado.

Porque ni los nuevos están exagerando…
ni los antiguos se han vuelto fríos.

Simplemente están en lugares distintos del camino.

Unos hablan desde la herida abierta.
Otros hablan desde la cicatriz.
Pero todos hablan del mismo dolor.

Y quizá la misión más bonita de este grupo sea precisamente esa:
que el que acaba de caer encuentre la mano del que un día también cayó.

Sin superioridad.
Sin discursos vacíos.
Sin postureo espiritual.

Aquí nadie viene a dar lecciones.
Venimos a acompañarnos.

Porque al final, la vida nos rompe a todos en algún momento. A todos. Y cuando eso ocurre, uno descubre algo muy sencillo:
que lo más importante no es tener respuestas perfectas, sino no atravesar el infierno solo.

Y también os digo una cosa:
el grupo no puede convertirse únicamente en tristeza.
Si no, nos hundimos.

Pero tampoco puede convertirse en una simple reunión social donde ya no se escucha el corazón del que llega sufriendo.

Tenemos que cuidar las dos cosas:
la memoria… y la vida.

El dolor…y la alegría.

La lágrima…y la carcajada.

Porque las dos son sagradas.

A veces creemos que la espiritualidad consiste en hablar raro, en elevarse mucho o en parecer iluminados. Y no. Muchas veces la verdadera espiritualidad consiste simplemente en esto: en sentarse al lado de alguien y hacerle sentir que todavía merece seguir caminando.

Eso ya es luz.

Y quizá ésa sea nuestra tarea:
transformar poco a poco el sufrimiento en conciencia,
la herida en comprensión,
y la caída en un lugar donde otros puedan descansar un rato.

No para quedarnos atrapados en el pasado.
Sino para que nadie tenga que pasar solo por la noche que nosotros atravesamos un día.

Porque aunque la vida golpee…
aunque a veces parezca que todo se rompe…
el alma humana tiene algo increíble:
cuando comparte el dolor con verdad,
también aprende a compartir esperanza.

José Gómez, padre de David.