Después de perder a un hijo o a una hija, verano, futuro, familia, Navidad, cumpleaños, casa, Incluso la palabra «vivir», cambian de sonido, de color y de forma.
Porque cuando nuestro hijo o nuestra hija muere, no solo perdemos a quien amamos. También se rompe, de una manera que cuesta explicar, la vida que conocíamos. Aquella en la que había planes que todavía no habíamos hecho, conversaciones pendientes, viajes por imaginar, celebraciones que dábamos por seguras. De pronto, tenemos que mirar de frente una realidad que no hemos elegido y que no podemos cambiar.
Y quizá una de las cosas más difíciles de aceptar sea precisamente esta: hay cosas que no tienen remedio.
No podemos recuperar a nuestros hijos. No podemos volver atrás. No podemos modificar aquella última conversación, aquel último día, aquella decisión que seguimos repasando algunas noches. No podemos construir el futuro que habíamos imaginado con ellos.
Pero con el tiempo, hemos ido descubriendo algo que al principio parecía imposible: aceptar que algo no tiene remedio no significa resignarnos a un sufrimiento eterno. Tampoco significa conformarnos, olvidar o pasar página.
Significa aprender a vivir con una realidad que nunca habríamos escogido. Dejar de dar la espalda a esa realidad y empezar a integrarla en nuestra nueva vida.
Al principio, vivir puede convertirse simplemente en sobrevivir. Levantarnos, trabajar, atender una llamada, hacer la compra, preparar una comida. Cosas pequeñas que antes sucedían sin pensarlo y que, después de la pérdida, pueden exigirnos un esfuerzo enorme.
Hay días en los que parece que avanzamos y otros en los que volvemos a sentirnos en el mismo lugar. Una canción, una fotografía, una fecha, un olor, una calle o una persona pueden abrir de repente una puerta que creíamos cerrada.
Está herida nuestra tiene una característica especial, se abre cuando menos lo esperas, y solo la cierra la certeza del amor de nuestros hijos e hijas. Y es que nuestros hijos siguen formando parte de nuestra historia.
En Renacer hemos aprendido que no existe una manera única de atravesar esta experiencia. Cada padre y cada madre llega con su propia historia, con sus circunstancias, con sus preguntas y con una relación irrepetible con ese hijo o esa hija que ya no está físicamente.
Por eso no creemos que exista una receta para «superar» la pérdida. Quizá tampoco necesitamos superarla. Necesitamos aprender a vivir después de ella.
Y aprender no significa hacerlo todo bien. Significa ir encontrando, poco a poco, nuevas maneras de estar en el mundo. Volver a salir de casa cuando salir parecía imposible. Recuperar una conversación. Permitirnos disfrutar de algo sin sentir que estamos traicionando a quien murió. Volver a reír y descubrir que la risa no borra el amor. Lo multiplica. Hacer planes sin dejar a nuestros hijos atrás, si no con ellos al lado.
Porque una de las grandes dificultades de integrar su pérdida puede aparecer precisamente cuando empezamos a recuperar algunos espacios de nuestra vida.
¿Podemos estar bien si nuestro hijo no está?
En Renacer Madrid hemos descubierto que estar bien durante un momento no significa estar bien con lo ocurrido. Que disfrutar no significa olvidar. Que continuar viviendo no significa abandonar a nuestros hijos.
Podemos echar de menos y, al mismo tiempo, tener ganas de hacer algo. Podemos llorar y también reír.
Podemos sentir tristeza y descubrir un día que hemos vuelto a tener curiosidad por algo.
Seguimos siendo padres y madres de nuestros hijos aunque ya no podamos ejercer esa maternidad o esa paternidad de la manera en que lo hacíamos antes.
Hay una parte del camino que consiste precisamente en reconstruir nuestra relación con la vida, y con nuestros hijos e hijas.
No para volver a ser quienes éramos, porque eso quizá ya no sea posible, sino para descubrir quiénes podemos llegar a ser después de lo ocurrido. Y hacerlo acompañados cambia las cosas.
Cuando nos encontramos con otros padres y madres que han vivido una pérdida semejante, no necesitamos explicar determinadas cosas. Hay silencios que se comprenden. Podemos hablar de nuestros hijos sin miedo a incomodar. Podemos pronunciar sus nombres. Podemos contar una anécdota y encontrar al otro lado una mirada que entiende lo que significa que aquella persona siga estando tan presente en nosotros.
Eso es también Renacer. Un espacio donde no tenemos que fingir que todo está bien. Un lugar donde podemos llegar tal y como estamos.
Y desde ahí, acompañarnos para seguir construyendo una vida que incluya la ausencia, pero que no quede reducida a ella.
Aprender a vivir con lo que no tiene remedio no es aprender a vivir sin nuestros hijos.
Es aprender a vivir sabiendo que ya no podemos tenerlos físicamente, pero que el vínculo, la historia compartida y todo lo que fueron en nuestra vida forman parte de quienes somos.
Quizá no se trata de encontrar un sentido inmediato a lo ocurrido. Quizá hay pérdidas para las que nunca encontraremos una explicación suficiente.
Se trata de algo más sencillo y, a la vez, mucho más difícil: volver a ocupar nuestra propia vida.
Un día.
Después otro.
Sin olvidar.
Sin negar.
Sin dejar de amar.
Y entendiendo que seguir viviendo no es alejarnos de nuestros hijos.
También puede ser una manera de llevarlos con nosotros.
