¿Se puede hablar de esperanza?

Hay palabras que, después de la muerte física de mi hijo, perdieron su significado. Una de ellas es «esperanza«. Durante un tiempo, incluso escucharla me resultaba incómodo. Me sonaba lejana, ajena, como si perteneciera a la vida de otras personas. Cuando el mundo que conocíamos se ha quebrado, hablar de esperanza puede parecer una falta de respeto hacia lo que estamos viviendo.

Y, sin embargo, la pregunta permanece. ¿Se puede hablar de esperanza?

Quizá la primera respuesta sea que depende de lo que entendamos por ella.

Si la esperanza consiste en volver a ser quienes éramos antes, probablemente no. Hay experiencias que nos transforman de un modo tan profundo que hacen imposible regresar al punto de partida. La muerte de mi hijo modificó mi manera de mirar el tiempo, las relaciones, las celebraciones, el futuro e incluso mi propia identidad como madre.

Tampoco hablamos de esperanza como una obligación de estar bien. Nadie necesita demostrar fortaleza ni acelerar procesos para responder a las expectativas de los demás. Hay días en los que levantarse de la cama ya supone un esfuerzo inmenso. Otros en los que una fecha, una canción o un olor nos devuelve de golpe a la intensidad de la ausencia. Todo ello forma parte de nuestra actual existencia.

Pero existe otra manera de entender la esperanza. No como una emoción permanente, sino como una posibilidad.

Una posibilidad que aparece, casi siempre, de forma discreta. No llega haciendo ruido. Se presenta en pequeños gestos cotidianos: cuando volvemos a preparar una comida para la familia; cuando conseguimos dormir unas horas seguidas; cuando aceptamos una invitación a caminar; cuando pronunciamos el nombre de nuestro hijo sin sentir que el silencio de los demás nos obliga a callar; cuando somos capaces de llorar y, unas horas después, también de reír.

La esperanza no elimina el sufrimiento. Convive con él.

Esperanza y dolor no son incompatibles. Sigo echando de menos con toda el alma a mi hijo y, al mismo tiempo, reconozco que la vida continúa ofreciéndome encuentros, afectos y motivos para seguir avanzando. No porque el amor hacia él disminuya, sino porque ese mismo amor encuentra nuevas formas de expresarse.

En Renacer Madrid escuchamos con frecuencia historias que hablan de esta transformación silenciosa. Madres y padres que un día llegaron convencidos de que nunca volverían a respirar con calma y que, con el paso del tiempo, descubren que pueden sostener conversaciones sobre sus hijos e hijas, acompañar a otras familias o recuperar actividades que creían perdidas para siempre. Porque el sufrimiento se va serenando, muta, e incluso desaparece. Queda el dolor del apego, de lo tangible. Que se equilibra con el amor y servicio a aquellos que empiezan nuestro mismo camino.

La esperanza tampoco tiene por qué estar unida a unas creencias concretas. Cada familia encuentra sus propias respuestas. Algunas las encuentran en la fe; otras, en la naturaleza, en el recuerdo, en el compromiso con los demás o en la continuidad del amor que sienten por sus hijos e hijas. En Renacer convivimos con esa diversidad desde el respeto, porque sabemos que las grandes preguntas no admiten respuestas únicas.

Quizá uno de los mayores obstáculos para hablar de esperanza sea la presión social por identificarla con el optimismo. Vivimos en una cultura que valora las soluciones rápidas y las historias con finales felices. Sin embargo, la experiencia de la muerte de mi hijo me enseño otra cosa: que hay heridas que no necesitan cerrarse para que la vida pueda seguir desplegándose.

No niego la lágrima o la nostalgia de los días con él. Asumo que fueron parte de mí vida, de su vida, los abrazo e íntegro como fueron, felices y plenos. No los tiño de la emoción de la ausencia, del llanto sin esperanza, del desconsuelo del vacío. Porque entonces definiría su vida como dolor, cuando todos sabemos que eso solo fue el final. Y no sé define toda una vida, dure lo que dure, por un único segundo.

La esperanza no exige renunciar al vínculo con quien ya no podemos abrazar físicamente. Al contrario. Muchas veces nace precisamente de reconocer que ese vínculo sigue ocupando un lugar esencial en nuestra historia y que podemos incluir a nuestros hijos e hijas en nuestra vida cotidiana de maneras nuevas: pronunciando su nombre, manteniendo algunas tradiciones familiares, colaborando con proyectos solidarios, escribiéndoles, compartiendo fotografías o hablando de ellos con naturalidad cuando así lo sentimos. Podemos seguir disfrutando de ellos, de su amor y de lo que son para nosotros.

Hablar de esperanza también significa aceptar que habrá retrocesos. No es una línea recta. Hay aniversarios especialmente difíciles, momentos inesperados que remueven todo lo vivido y etapas en las que parece que volvemos al principio. Eso no significa que hayamos perdido lo recorrido. Este camino, en ocasiones, tiene vueltas y revueltas, nos acerca y nos aleja de lo que de verdad importa. La esencia y presencia continúa, de nuestros hijos e hijas en nuestras vidas.

Tal vez mi idea de esperanza sea, sencillamente, descubrir que puedo seguir respirando incluso cuando pensaba que no sería posible. Que aún soy capaz de emocionarme con una puesta de sol, de abrazar a quienes quiero o de sentir gratitud por una conversación sincera. No porque la ausencia sea menor, sino porque el corazón humano posee una extraordinaria capacidad para seguir amando sin dejar de recordar.

En Renacer Madrid no entendemos la esperanza como una promesa. La entendemos como una experiencia que cada persona construye a su propio ritmo, acompañada por otras familias que conocen este camino desde dentro. A veces comienza con algo tan sencillo como entrar por primera vez en una reunión y comprobar que no hace falta explicar lo inexplicable para sentirse comprendido.

Quizá esa sea una de las formas más profundas de la esperanza: descubrir que, incluso en medio de la mayor ausencia, todavía es posible compartir el camino con otros.