Gracias por permitirme compartir una parte de mi camino.
Es natural, lógico y profundamente humano que, ante la muerte de un hijo, aparezcan la desesperación, el dolor lacerante, la incredulidad ante lo sucedido, la desorientación y la pérdida temporal del sentido de la vida, entre muchas otras manifestaciones. Somos humanos. Somos padres y madres.
Al comienzo de este camino, tras conocer el mensaje de Renacer —que siempre recuerdo y comparto—, hubo dos ideas que me ayudaron a sostenerme y a levantarme cada mañana.
La primera fue asumir la responsabilidad de escoger qué hacer con lo sucedido. La segunda, comprender que no tenía sentido librar una batalla contra el dolor, porque el dolor es una respuesta natural ante la pérdida y, cuando es acogido, puede convertirse en un camino de transformación.
A partir de ahí surgieron dos propósitos que me acompañaron durante aquellos primeros tiempos.
El primero consistió en intentar que cada día fuese un regalo para mi hijo, una expresión de amor. Utilizo la palabra regalo y no homenaje porque, a veces, las palabras pueden llevarnos a lugares distintos de los que deseamos expresar.
El segundo propósito fue que todo aquel dolor no resultara estéril, que pudiera transformarse en algo valioso, que sirviera para algo. Necesitaba encontrar un sentido que justificara seguir caminando.
En estos dos pilares encontré apoyo durante mucho tiempo.
Hace unos días, reflexionando sobre mi recorrido y tratando de poner palabras a lo vivido, descubrí que había dos aspectos fundamentales que también habían estado presentes durante todo este proceso: mis creencias y mis certezas.
Comenzaré por las creencias.
Para mí, toda creencia se parece a una señal de tráfico con dos direcciones posibles. Una de ellas apunta hacia la paz que puede proporcionarme la esperanza de un futuro reencuentro con mi hijo; hacia la idea de que existe un orden más amplio, una estructura de la vida que trasciende nuestra comprensión.
La otra dirección conduce a las dudas que mi mente ávida de seguridad genera. Allí aparecen las preguntas sin respuesta, la incertidumbre, la ansiedad y la angustia. Al menos así ocurre en mi experiencia. Creo que forma parte de nuestra condición humana convivir, en mayor o menor medida, con ambas posibilidades.
Quiero hablar ahora de mis certezas.
Mi primera certeza es que mi hijo ha muerto. Podemos decir que ha trascendido, que ha partido o utilizar cualquier otra palabra. El término es secundario. Lo verdaderamente importante es reconocer la realidad de lo sucedido y aceptar aquello que es.
Mi segunda certeza fue tomar conciencia de mi propia ignorancia. Durante mucho tiempo creí que todo dependía de mí y que casi todo podía ser controlado.
Descubrir mi pequeñez frente a la vida y frente al misterio del Todo me llevó, simbólicamente, a soltar cada vez más el hilo de la cometa que representa mi existencia. Dejé de intentar atrapar con mi mente un más allá construido desde el deseo y desde el dolor por la ausencia.
Esa certeza —la conciencia de mi pequeñez— me ayudó a abandonar preguntas cuyas respuestas solo buscaban aliviar momentáneamente mi sufrimiento. Y, al hacerlo, pude descubrir el gran tesoro que siempre había estado delante de mí: el presente.
Y es precisamente en el presente, en este ahora, donde encuentro una de las posibilidades más valiosas que poseemos: continuar amando a nuestros hijos más allá de la posesión, más allá de la necesidad y más allá incluso de la expectativa de un futuro encuentro.
Amarlos desde la gratuidad.
Amar sin esperar nada a cambio.
Amar por el simple hecho de amar.
La certeza de sabernos pequeños y de reconocer nuestra ignorancia frente al misterio no nos empequeñece; por el contrario, revela nuestra verdadera grandeza. De ella nacen la humildad y la gratitud.
Y es en ese espacio donde las ausencias se vuelven presencia. Allí encuentro a mi hijo. Allí, quizás, encontramos también a nuestros hijos.
Queridos compañeros, si alguna de estas palabras pudiera incomodar a alguien, os pido disculpas. Solo pretenden compartir una experiencia personal, una mirada nacida de mi propio camino.
Y, al mismo tiempo, os agradezco profundamente la oportunidad de compartirla, porque todos seguimos navegando juntos en este mismo barco llamado vida.
Un fuerte abrazo para todos.
@Juan Vladimir
