El futuro que habíamos imaginado para nuestros hijos

Hay algo de lo que se habla poco cuando muere un hijo: el futuro que los padres seguimos imaginando para él, incluso cuando sabemos que ya no podrá suceder. Porque ellos y ellas siguen presentes en nuestra realidad. Y la realidad del ser humano está intrínsecamente ligada a la capacidad de imaginar futuros. En esos futuros seguimos queriendo que estén nuestros hijos e hijas.

No me refiero únicamente a las grandes ocasiones. No solo a la boda que no veremos, a los nietos que no vendrán a casa a comer o a esa graduación que tantas veces imaginamos con ilusión. A veces, lo que más echamos de menos pertenece a una vida que todavía no había ocurrido. Una vida en la que damos por seguros acontecimientos que nunca supimos si llegarían a producirse.

Nos preguntamos cómo habría sido nuestro hijo a los cuarenta años. Qué opiniones tendría ahora. Si habría cambiado de trabajo, dónde viviría, qué música escucharía, qué cosas le harían reír. Nos preguntamos cómo habría sido conversar con él cuando nosotros fuéramos mayores. Qué nos habría contado de su vida, qué consejos nos habría pedido y cuántas veces le habríamos escuchado dar un portazo por una discusión sin importancia.

Son preguntas que sí tienen respuesta. Porque, como madres y padres, conocemos a nuestros hijos, intuimos sus posibilidades e imaginamos sus caminos. Da igual el tiempo que nuestros hijos e hijas hayan pasado por esta vida o la intensidad con la que la hayan vivido: llevamos su impronta, su forma de ser, sus valores, sus virtudes y sus defectos grabados en el alma.

Nos dejaron su filosofía vital y sus enseñanzas, las que compartimos y también las que hoy podemos descubrir al mirar nuestra historia desde el presente. Nos regalaron las piezas con las que podemos seguir construyendo una vida en la que ellos y ellas tengan su lugar, aunque ahora habitemos realidades diferentes.

Cuando nuestro hijo o nuestra hija muere, sentimos que no desaparece únicamente su presencia en nuestra vida. También creemos que el futuro ha quedado arrasado, que ya no tiene cabida en nosotros. Nadie puede decirnos exactamente cómo habría sido. Pero sí podemos empezar a construir a partir de lo que ellos y ellas nos han dejado como legado.

La vida que no podremos conocer

Está claro que la muerte de nuestros hijos nos arrebató muchas cosas. No sabremos qué decisiones habrían tomado ni qué experiencias habrían cambiado su manera de pensar. No escucharemos algunas de las historias que todavía desconocíamos de sus vidas. Habrá aspectos de ellos que ya no tendremos la oportunidad de descubrir.

Sin embargo, hay algo que conocemos: el amor que nos dejaron y que permanece en nuestra memoria. Lo que también define a nuestros hijos es todo lo que dejaron en nosotros. Un legado que puede adquirir nuevas dimensiones a medida que avanzamos en nuestra propia vida, incluso cuando el dolor por el futuro que no compartiremos siga presente.

Nuestros hijos e hijas no solo pertenecen al pasado. Forman parte de nuestro presente y de la manera en que nos relacionamos con el mundo. Son parte esencial de nuestra historia y de nuestro camino.

El miedo a saber que ya no los encontraremos en el futuro, que no podremos descubrir cómo habría sido su vida, puede llevarnos a refugiarnos demasiado en el pasado.

Para los padres y las madres que hemos perdido un hijo, el pasado puede ser un bálsamo. Es la fotografía de aquellos días en los que fuimos felices sin saber que algún día echaríamos tanto de menos aquella vida. Es el tesoro de todo lo que vivimos antes de conocer la angustia de su ausencia.

El regalo de su vida

Cuando pensamos en el futuro que hemos perdido, corremos el riesgo de verlo únicamente como una lista de acontecimientos que ya no sucederán. Pero la relación con nuestros hijos no estaba hecha solo de acontecimientos. También estaba hecha de miles de experiencias que nos cambiaron. Y, entre ellas, la más transformadora, aquella por la que nunca habríamos querido pasar: su muerte.

Desde que se fueron, nos ha tocado renacer en muchas ocasiones. Navegamos entre días en los que solo vemos el futuro incompleto de nuestra existencia y otros en los que el presente nos regala conexiones mágicas con nuestros hijos e hijas, sumando vida a nuestros días.

En esas conexiones pueden aparecer pequeños impulsos de revolución vital: una conversación que nos ayudó a comprender algo importante, una cualidad suya que nos invita a revisar nuestra manera de tratar a los demás, una forma de mirar la vida que reconocemos en nosotros mismos y que quizá hasta entonces no habíamos sabido valorar.

No se trata de atribuir a la muerte un propósito que no podemos demostrar ni de pensar que teníamos que vivir esta experiencia para aprender algo. Tampoco de convertir a nuestros hijos en una colección de enseñanzas. Se trata de reconocer que la relación que tuvimos con ellos forma parte de nuestra historia y que esa historia sigue teniendo consecuencias en el presente, en nuestra manera de estar en el mundo.

No podemos conocer la vida que nuestro hijo habría tenido. Sí podemos decidir qué hacemos con aquello que su vida nos regaló.

Esta diferencia no elimina la ausencia, pero nos permite mirar nuestra historia sin reducirla exclusivamente al momento en que terminó la vida de nuestro hijo.

Su muerte forma parte de nuestra identidad y de la manera en que nos relacionamos con el mundo. Pero podemos intentar que lo que nos defina, lo que les defina a ellos en nuestra memoria, no sea únicamente esa identidad marcada por la pérdida, sino también la realidad de quienes fueron, de lo que compartimos y de lo que permanece de ellos en nosotros: su esencia eterna, que sigue formando parte de nuestra vida.

Nuestros hijos tuvieron una vida, una historia y un lugar único en nosotros. Esa realidad no necesita ser demostrada mediante el sufrimiento ni justificada con grandes palabras. Y nosotros seguimos teniendo una vida en la que podemos tomar decisiones, cuidar de otras personas y ofrecer algo de nosotros mismos.

¿Qué hacemos con los años que tenemos por delante?

Sinceramente, querido padre, querida madre, no tengo ni idea.

No hace falta responder de inmediato ni convertir esta pregunta en un proyecto personal. Hay etapas en las que lo único posible es atender a lo que tenemos delante, cumplir con lo imprescindible y aceptar la ayuda que necesitamos.

Quizá no se trate de encontrar una respuesta, sino de cambiar la pregunta o el paradigma desde el que nos toca vivir ahora. No es una respuesta a la muerte de nuestros hijos. Es una pregunta sobre nuestra vida. Una pregunta que, cuando estemos preparados, podemos empezar a formular de otra manera: ¿qué vamos a hacer con todo lo que nos ha sucedido?

No elegimos la muerte de nuestros hijos. No elegimos las consecuencias que ha tenido en nuestras familias ni la ausencia con la que tendremos que convivir. Sin embargo, podemos explorar qué lugar queremos dar a nuestra experiencia en la vida que continúa.

En Renacer, el encuentro entre padres y madres no consiste únicamente en hablar de lo que nos ha ocurrido. También consiste en descubrir que, desde nuestra propia experiencia, podemos acercarnos a otros que están empezando a vivirla y ofrecerles algo que difícilmente puede proporcionarse desde fuera: la comprensión de quien conoce esa realidad.

A veces será escuchar. Otras veces, compartir algo que nos ayudó. En ocasiones, sencillamente, estar presentes, sin exigirnos nada especial y sin esperar tener respuestas para todo.

No podemos cambiar el futuro que perdimos. Pero podemos intervenir en el presente de quienes tenemos delante.

Y esa posibilidad merece un sí a la vida.