Cuando muere un hijo, hay cosas que sentimos y que no sabemos explicar. Lugares a los que seguimos volviendo. Fotografías que necesitamos tener cerca. Una prenda que conservamos porque todavía tiene su olor. Una canción que, muchos años después, puede devolvernos de golpe a una tarde concreta. Un árbol.
Con el tiempo, algunas cosas dejan de ser solamente cosas. Un objeto cotidiano puede adquirir un significado que nadie que no haya vivido nuestra historia podría comprender del todo. Una fotografía deja de ser una fotografía. Un lugar deja de ser solamente un lugar. Algo que pertenece al mundo material empieza a guardar una parte de nuestra historia.
No porque nuestro hijo esté dentro de ese objeto, ni porque necesitemos aferrarnos a sus pertenencias para poder seguir adelante. Tampoco porque exista una manera correcta de recordar. Cada padre y cada madre encuentra, casi siempre a tientas, aquello que necesita conservar y aquello que necesita dejar ir.
Hay quien no puede entrar durante meses en la habitación de su hijo y quien necesita modificarla inmediatamente. Hay quien encuentra consuelo visitando el lugar donde descansan sus cenizas y quien prefiere no volver. No hay una respuesta que sirva para todos. El significado que damos a cada cosa pertenece a nuestra propia historia.
La investigación contemporánea sobre el duelo ha prestado atención a estos vínculos que continúan después de la muerte. Una revisión sistemática de 79 estudios encontró que los llamados vínculos continuados pueden participar en procesos relacionados con la adaptación al duelo, la reconstrucción del significado y la identidad, aunque su función no es igual para todas las personas ni en todas las circunstancias.
Quizá por eso resulta importante no preguntarnos solamente qué hacemos con los objetos, sino qué ocurre dentro de nosotros cuando les damos un significado.
Cuando necesitamos que el amor tenga un lugar
Los seres humanos hemos creado ritos desde siempre para acompañar aquello que nos transforma. Necesitamos marcar determinados momentos porque hay experiencias que resultan demasiado grandes para dejarlas pasar como si fueran un día cualquiera.
La muerte de un hijo rompe el orden conocido de las cosas. Y después, cuando la vida cotidiana vuelve a reclamar su sitio, podemos sentir la necesidad de crear nuestros propios gestos para señalar que aquello ha ocurrido y que esa persona sigue teniendo un lugar en nuestra vida.
No tiene que tratarse de algo religioso. Puede nacer de una costumbre familiar, de algo que nuestro hijo hacía, de un lugar que compartíamos o, sencillamente, de una necesidad que aparece en un momento determinado. A veces incorporamos a nuestra vida algo que pertenecía a la suya y descubrimos que ese gesto nos permite sentirnos cerca.
El valor del rito no está en el acto en sí mismo. Está en el significado que nosotros le damos. Por eso no hay que buscar una fórmula. El duelo no necesita instrucciones.
Un árbol puede convertirse en una forma de memoria
En mi caso, hay un árbol. Está en el Jardín del Recuerdo, el lugar donde deposité las cenizas de mi hijo.
Me costó mucho saber qué hacer con su cuerpo. Las gestiones se iban dando la mano y apenas me dejaban tiempo para pensar. Me acababan de decir que no iba a volver a ver a mi hijo y tenía que decidir, en cuestión de minutos, qué hacía con su cuerpo, con su casa, con sus cosas.
Mi marido repartía las fuerzas que le quedaban entre sostenerme y sostenerse. No se veía con autoridad moral para quitarme a mí ese tipo de decisiones.
Seguramente ahora haría las cosas de otra forma. Ahora que conozco tanto, resulta fácil mirar hacia atrás y pensar qué habría hecho distinto. Pero en aquellos momentos no sabía lo que sé hoy. Estaba sobreviviendo.
De lo que no me arrepiento es de haber elegido un árbol. Necesitaba un lugar físico en el que poder mantener, casi a diario, un diálogo más consciente y más íntimo con mi hijo. Un lugar al que pudiera acudir cuando necesitara estar cerca de él de una manera que no dependiera únicamente de mis recuerdos.
Para quien lo mira desde fuera, puede ser simplemente un árbol. Para mí, no. Para mí es su nueva habitación. Es el lugar donde los dos nos refugiamos cuando hay tempestad fuera.
Ese árbol forma parte de su historia y, por eso, también forma parte de la mía. No necesito explicar todo lo que significa cuando estoy allí. Hay cosas que no necesitan ser explicadas. Basta con estar.
Con el paso de las estaciones, lo he visto cambiar. También yo he ido cambiando los objetos que coloco a su alrededor, pequeñas señales que me recuerdan que mi hijo estuvo aquí, que pisó esta tierra, que tuvo una vida concreta y dejó una huella que para mí es imposible borrar.
Y hay algo más. Ese árbol me ayuda a calmar un miedo que a veces me taladra: el miedo al olvido. Yo tengo la seguridad plena de que, para mí, mi hijo será eternamente presente. Pero hay una pregunta que aparece de vez en cuando y que quizá sea una de las más difíciles de soportar:
¿El mundo sabrá que existió cuando yo ya no esté?
Quizá por eso ese árbol también representa una forma de testimonio. Está ahí. Crece. Cambia. Permanece en un lugar donde su nombre, su historia y su existencia tienen un espacio.
Y cuando voy allí se mezclan muchas cosas. El dolor y la nostalgia siguen estando, porque forman parte de lo que ocurrió. Pero también aparecen la serenidad, la esperanza, la fuerza y, sobre todo, el amor. El árbol no reemplaza a mi hijo. Pero me permite estar con él.
Cuando el símbolo adquiere sentido
Esto puede ayudarnos a comprender por qué algunos objetos y algunos lugares adquieren tanta importancia después de una pérdida. No es el objeto lo que tiene el poder. Es la relación que establecemos con él.
Una fotografía puede devolvernos una mirada. Una canción puede abrir una puerta hacia un recuerdo que creíamos dormido. Un lugar puede convertirse en ese espacio al que acudimos cuando necesitamos sentirnos cerca. Y un árbol puede llegar a representar mucho más que sus ramas, sus raíces y sus hojas.
El símbolo aparece precisamente cuando una realidad concreta empieza a representar algo que la trasciende.
En el duelo, esto puede resultar especialmente valioso porque hay una experiencia que no podemos tocar ni modificar: la ausencia física de nuestro hijo. El símbolo nos permite darle una expresión concreta a aquello que permanece dentro de nosotros.
No hace desaparecer el dolor. Tampoco pretende hacerlo. Simplemente ofrece un lugar donde ese amor puede expresarse.
Y aquí aparece la logoterapia
Esta forma de entender los ritos y los símbolos puede ponerse en relación con la logoterapia de Viktor Frankl. Para Frankl, la búsqueda de sentido constituye una motivación fundamental del ser humano. Pero encontrar sentido no significa justificar el sufrimiento ni aceptar que la muerte de un hijo tuviera que suceder por alguna razón.
Esa distinción es esencial. Hay acontecimientos que no podemos cambiar. La muerte de nuestro hijo o nuestra hija es uno de ellos. Frankl plantea que, ante aquello que no podemos modificar, todavía existe un espacio de libertad: nuestra actitud frente a esa realidad y la respuesta que damos desde nuestra propia existencia.
En su planteamiento aparecen tres vías fundamentales relacionadas con el sentido. Una tiene que ver con lo que hacemos y aportamos al mundo; otra, con aquello que recibimos y experimentamos a través de la vida, del amor y de los vínculos; y una tercera se refiere a la actitud que adoptamos ante circunstancias que no podemos modificar.
El duelo por un hijo atraviesa inevitablemente esta última dimensión. No porque tengamos que encontrar una explicación al sufrimiento. No porque debamos convertir una tragedia en una lección. Sino porque, cuando la realidad ya ha sucedido y no puede ser modificada, todavía queda por decidir qué lugar ocupará dentro de nuestra existencia.
Mi árbol forma parte de esa respuesta. No porque haya encontrado una razón para su muerte. No existe una razón que pueda hacer justa una pérdida así. Pero sí he podido decidir qué significa para mí ese lugar y qué hago con el amor que todavía siento.
Ahí es donde la logoterapia encuentra una conexión especialmente profunda con la experiencia del duelo: el sentido no se fabrica para justificar lo ocurrido. Se descubre en la manera en que seguimos respondiendo a la vida después de que algo irreparable haya sucedido.
El vínculo no tiene que desaparecer para que nosotros podamos avanzar
Durante mucho tiempo se ha pensado que superar un duelo implicaba dejar atrás al ser querido. Como si hubiera que colocar el recuerdo en una especie de urna que no debíamos abrir demasiado a menudo para evitar que duela.
Pero querer a alguien no funciona así. La relación con una persona que ha muerto puede transformarse. La literatura sobre los llamados «vínculos continuados» señala que mantener una relación interna con la persona fallecida puede formar parte de la adaptación al duelo.
Eso no significa vivir permanentemente mirando hacia atrás. Significa aceptar que hay personas que dejan de estar físicamente a nuestro lado y, sin embargo, continúan ocupando un lugar real en nuestra vida interior.
Mi hijo no está en el árbol. Pero el árbol está lleno de mi hijo.
Está en lo que significa para mí, en las conversaciones silenciosas que mantengo allí, en la tranquilidad que algunas veces encuentro bajo sus ramas y también en las preguntas que todavía me hago.
Quizá eso sea lo que hacen los símbolos cuando adquieren verdadero significado: nos permiten dar una forma visible a algo que no podemos tocar. Y entonces comprendemos que recordar no consiste únicamente en mirar hacia atrás. También puede ser una manera de cuidar aquello que el amor dejó en nosotros.
En Renacer Madrid hablamos de nuestros hijos porque siguen siendo nuestros hijos. Tampoco necesitamos vivir exactamente como vivíamos antes. La vida ha cambiado. Nosotros hemos cambiado. Y, sin embargo, hay algo que permanece.
A veces ese algo necesita un lugar. El mío tiene raíces, ramas y hojas. Cuando me siento debajo de aquel árbol, no tengo que explicarle a nadie por qué estoy allí. Me basta con sentirlo.
Y mientras pueda seguir pronunciando su nombre, mientras pueda contar quién fue, mientras exista alguien que recuerde su risa, sus gestos, sus manías y la manera particular que tenía de estar en el mundo, su historia seguirá teniendo un lugar, y la vida seguirá siendo un privilegio que su amor nos regala.
