Fragilidad y fuerza interior

Ser padre o madre te hace vulnerable. Por mucho que quieras, hay cosas que no puedes proteger. Durante años creemos que ser madre o padre consiste, en buena medida, en eso: cuidar, prevenir, anticiparnos, estar atentos a la fiebre, a los peligros, a las malas compañías, a los golpes. Aprendemos a dormir con un ojo abierto y a reconocer una tos desde la habitación de al lado. Creemos que estaremos ahí cuando haga falta. Y, de alguna manera, construimos nuestra vida alrededor de esa certeza.

Hasta que un día sucede lo que nunca imaginamos que tendría que suceder. Los hijos e hijas, no otros hijos, los nuestros, se mueren.

Tras la muerte de nuestros hijos nos sentimos hechos de un material demasiado fino. Como si cualquier cosa pudiera rompernos. Una canción en el supermercado, una fotografía que aparece de repente en el teléfono, alguien que pronuncia un nombre parecido al suyo, una fecha en el calendario. Cosas pequeñas que para los demás no significan nada y que, sin embargo, pueden dejarte sin palabras durante unos minutos.

Recuerdo a una madre que contaba que durante mucho tiempo evitó pasar por delante de una determinada cafetería. No había ocurrido allí nada importante. Simplemente era el lugar donde una tarde había tomado un café con su hijo. Podría parecer una tontería para cualquiera que la escuchara. Para ella no lo era. Durante meses cambiaba de acera para no pasar por delante. Hasta que un día, sin pensarlo demasiado, entró. Se sentó en una mesa junto a la ventana y pidió lo mismo que había pedido aquella tarde. No salió de allí curada. Simplemente había podido sentarse de nuevo en aquel lugar.

Me parece que en gestos así existe una fuerza de la que hablamos poco.

Porque cuando pensamos en fuerza solemos imaginar otra cosa. Pensamos en levantarse rápidamente, en aprender a vivir con lo sucedido, en volver a sonreír, en hacer planes. Como si hubiera una especie de calendario secreto que hay que cumplir porque es el que toca cuando se está en duelo. Pero la fuerza de muchos padres y madres que han perdido un hijo no tiene ese aspecto. A veces es reconocer que no podemos con todo y pedir que alguien nos acompañe a entrar a una cafetería en una tarde especialmente difícil.

Hay días en los que el recuerdo ocupa mucho y otros en los que aparece de una manera más amable, casi como una visita que conocemos bien. Hay momentos en los que queremos hablar de nuestros hijos e hijas y otros en los que nos cuesta incluso escuchar su nombre. Podemos reírnos de una anécdota y, unas horas después, llorar al recordar otra. Podemos disfrutar de una comida familiar y sentir, de pronto, la ausencia de quien debería estar sentado a la mesa. Nada de esto invalida lo anterior. No existe una manera correcta de echar de menos a un hijo o a una hija.

Una de las mayores fragilidades es precisamente descubrir que ya no podemos vivir desde aquellas certezas que antes parecían tan sólidas. Y quizá una de las mayores fuerzas sea aprender a no exigirnos recuperarlas. Hay cosas que no vuelven a ser como antes. Mi hijo no va a volver a pedirme que le haga macarrones. La fortaleza no consiste necesariamente en volver a ser quien éramos, sino en descubrir qué parte de nosotros permanece, qué parte ha cambiado y qué podemos hacer con ambas. Y pensar que los macarrones se seguirán comiendo en mi casa aunque sea solo para poder hablar de él.

En Renacer Madrid nos encontramos con padres y madres que conocen bien esa contradicción. Personas que pueden sentirse profundamente vulnerables y, al mismo tiempo, capaces de sostener conversaciones difíciles, de escuchar el dolor de otra familia, de contar una historia que durante mucho tiempo no pudieron contar, de pronunciar el nombre de su hijo o hija sin esconderlo. Personas que quizá todavía tienen días en los que todo pesa y, sin embargo, siguen cocinando macarrones.

No hay nada heroico en ello. Y quizá sea precisamente por eso por lo que tiene tanto valor.

La vida continúa en detalles que no suelen aparecer en los libros de duelo. La ausencia también convive con esas cosas, con la cotidianidad de su ausencia. No siempre hace falta convertirla en una explicación. A veces basta con reconocer que nuestro hijo sigue estando presente en nuestra vida y que nosotros seguimos siendo padres, aunque la forma de ejercer ese vínculo haya cambiado.

Con el tiempo, quizá aprendamos también que ser frágiles no significa estar condenados a vivir rotos, a sufrir. Necesitar ayuda algunos días, llorar con los primeros compases de su canción, tener miedo a las decisiones convivirá con días felices, momentos plenos y una paz que nos permitirá recordar sin dolor.

Tal vez la fuerza interior no sea esa versión de nosotros mismos que imaginábamos antes de conocer el dolor. Tal vez sea una fuerza menos brillante y mucho más cotidiana. La que aparece cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos y empezamos a tratarnos con un poco más de paciencia. La que permite decir «hoy no puedo» sin avergonzarnos y también decir «hoy me he vuelto a enamorar de la vida» cuando conseguimos hacer algo que ayer parecía imposible.

Hay una fragilidad que no desaparece. Se aprende a reconocerla, a respetarla, a convivir con ella. Y junto a ella puede crecer una fuerza diferente, menos visible, pero profundamente nuestra.

Una fuerza que no necesita negar lo que ha ocurrido. Lo integra, lo transita, lo transforma, para enseñar al resto del mundo que nuestro hijo es mucho más que su muerte.

Una fuerza que puede seguir queriendo.

Una fuerza que sabe que un hijo no deja de formar parte de nuestra vida porque ya no podamos abrazarlo. Porque siempre seguiremos siendo padres.